DEMOCRACIA EN JUEGO: PRIMERA PARTE
Carlos Federico Smith
El problema más importante que hoy enfrenta América Latina es la tergiversación política que se está haciendo de la democracia. No es algo nuevo: basta recordar como existió una tal República “Democrática” Alemana, que no era sino una vil dictadura comunista. En esa época la palabra democracia era utilizada desfachatadamente como escudo por gobiernos totalitarios. ¿Acaso han olvidado que el ejército rojo era la vanguardia “de la democracia”?
En América Latina hoy la situación es diferente, pero en el fondo la misma en cuanto al uso descarado de la democracia precisamente para acabar con ella. Quienes creemos en ella lo hacemos porque, si bien tiene defectos y es posible que se le lleve a extremos de conculcar derechos básicos de las personas (¿ha oído hablar de la democrática Ley de Lynch o no recuerda cómo en el nombre de la democracia muchos parlamentos socialistas eliminaron la propiedad privada o cómo en Cuba (y en Venezuela hoy) existe un congreso totalmente integrado por una misma identidad política que se usa, por mayoría absoluta, para cercenar libertades?). Aún así los liberales consideramos que el principio de decisión colectiva encarnado en la democracia es consistente con el principio liberal. Ambos, el liberalismo y la democracia, son inestables y por ello es muy importante que para la permanencia de una sociedad libre exista un equilibrio entre la libertad económica, los derechos humanos y las reglas de la democracia, como procedimiento para que los intereses de los individuos en una sociedad se reflejen en un interés de la comunidad.
Al igual que Pedro Schwartz (“Los límites de la razón y la ética del liberalismo,” Nuevos Ensayos Liberales, Madrid: Espasa, 1998, p. 215), “entiendo por democracia… el sistema político en el que es posible desplazar al gobierno si deja contar de continuo con el apoyo de la mayoría de la población (de aquí mi aprecio por el parlamentarismo como sistema político); un sistema en que, además, el poderío de una mayoría aplastante queda limitado por la división de poderes, por las reglas de voto cualificado y por los obstáculos a la reforma de la Constitución”. (El paréntesis es mío)
La limitación a la regla de la mayoría pasa por el respeto a los derechos humanos. ¿Piense, nada más, si estaría Usted de acuerdo con que, por una mayoría absoluta menos uno, se pueda decidir simplemente acabar con el derecho a su vida o a su propiedad o a su libertad para expresarse y reunirse, derechos que le son propios? Es importante lograr ese balance entre la toma de decisiones colectivas y el respecto a los derechos individuales y no alegar un irrestricto “el interés general prima sobre el interés particular,” para justificar un arrebato de los derechos ciudadanos.
En mi comentario dentro de dos semanas seré mas amplio acerca de esa tendencia hoy observada de usar los mecanismos democráticos para ir cercenando las libertades y los derechos de las personas, lo cual requiere nuestra vigilancia absoluta. Termino con una cita apropiada del pensador Karl Popper, para entender el aprecio del liberal por la democracia: “Somos demócratas, no porque la mayoría tenga siempre razón, sino porque las tradiciones democráticas son las menos malas que conocemos.” (Conjeturas y Refutaciones, Madrid: Paidós, 1994, p. 420).