
Psicosis de populismo reeleccionista
Claudio Alpízar Otoya (*)
La historia política latinoamericana de las décadas de 1930 a 1960 se caracterizo por gobiernos populistas, que aparecieron en muchos países motivados por la crisis económica iniciada en 1929. Fieles representantes de esta corriente fueron gobernantes como Juan Perón (Argentina), Rómulo Betancourt (Venezuela), Haya de la Torre (Perú), Paz Estenssoro (Bolivia), Carlos Ibáñez (Chile), Anastasio Somoza G. (Nicaragua), Tiburcio Carias (Hondura), Fidel Castro (Cuba), Lázaro Cárdenas (México), entre otros tantos.
Esto provoco en los incipientes Estados una débil institucionalidad, que se caracterizaría por reglas poco claras y cambiantes, de acuerdo a efímeras coyunturas, que vinieron a restringir un fortalecimiento de la división de poderes y una disfuncionalidad gubernamental, inclusive dando al traste con partidos políticos que se desquebrajarían constantemente.
Defecto condimentado con la deslegitimación de actores estratégicos de la sociedad, grupos con una incidencia significativa en la estructura nacional, que se caracterizan por tener la posibilidad de vetar decisiones tomadas por el poder central, pero que se ven marginados de toda participación.
En aquella época no se hablaba como hoy en día de gobernabilidad, pero allí podríamos encontrar el engendro de la ingobernabilidad. Los líderes que llegaron a gobernar se caracterizaron por una personificación del poder, al que llegaban en forma carismática. Se aprovechaban del vacío institucional, que de alguna manera les permitía gobernar libremente y a su antojo. Motivo adicional para no preocuparse de fortalecer los sistemas y las instituciones, todo lo contrario, acentuaron la debilidad endémica en la mayoría de ellas. Eso les permitió sustentar largas dictaduras maquilladas con las ideologías del momento.
Esos gobernantes aferrados al poder fueron inconscientemente los promotores de las dictaduras militares durante los años 70´s y parte de los 80´s, que a la postre los relevaría de sus funciones.
Estos se apropiaron del poder y el gobierno de las naciones latinoamericanas, sin asomo de generar un proceso de reforma política que pudiera fortalecer la institucionalidad democrática. Los casos positivos de Costa Rica y Uruguay son capítulos aparte, pues son más un reflejo de excepción en la región.
La década de los ochenta, que para los economistas es una década perdida, no tuvo nada de perdida para la política latinoamericana. Representó la caída de las dictaduras militares y el reingreso a la búsqueda de los procesos democráticos y de elecciones populares como el instrumento predilecto para la participación ciudadana. Empero, nuevamente dejando de lado el fortalecimiento de los cuerpos intermedios del Estado, quedando actores estratégicos excluidos de participación política y de la toma de decisiones, y los ejércitos funcionando como actores solapados de la política nacional.
En la mayoría de los casos con políticas neoliberales que fracasaron en la solución de los mayores problemas de América Latina: la pobreza y la desigualdad, que a la postre han motivado nuevamente el ascenso de gobiernos populistas junto con su hijo natural, el clientelismo. Cambiaron los clientes, más no la forma de hacer política.
Así aparecerán gobiernos populistas como el de Hugo Chávez (Venezuela), Daniel Ortega (Nicaragua) Rafael Correa (Ecuador), Evo Morales (Bolivia), Leonel Fernández (República Dominicana), Fernando Lugo (Paraguay), Carlos Menem y los Kirchner (Argentina), así como el recién depuesto presidente Zelaya de Honduras. Y años antes Fujimori en Perú.
Gobiernos populistas que polarizan a la sociedad, generando conflictos con posiciones irreconciliables, lo que ha motivado a los ostentadores coyunturales del poder a interesarse por buscar la “gobernabilidad” por medio del llamado a cambios en Asambleas Constitucionales, maquillados para no evidenciar su interés de fondo, como es el perpetuarse en el poder.
Una forma de evitar la oposición política lógica en una democracia, que obliga a la concertación e intersección de interés en la toma de decisiones. Definen la gobernabilidad como el cambio institucional que facilite el ejercicio del poder y las resoluciones sin oposición, golpeando inclusive la propia institucionalidad que utilizaron para su ascenso al poder.
Esta psicosis reeleccionista -que hasta hace poco no era permitida en la mayor parte de los estados latinoamericanos- se ha convertido en el principal objetivo, justificada en el escaso tiempo para lograr los “cambios” requeridos por la llamada izquierda “progresista”, que parece más interesada en acabar que en fortalecer la poca institucionalidad lograda en los últimas tres décadas. América Latina apenas empieza a dar sus pasos firmes a la democracia institucionalizada, pero se encuentra constantemente amenazada de regresar al totalitarismo en pleno Siglo XXI.
Llamo la atención en que pensar en una democracia totalmente consolidada solo logra el descuido del reforzamiento y adecuación creativa de la institucionalidad estatal, más cuando los países latinoamericanos -entre ellos el nuestro, aunque con avances más que significativos- son países imperfectamente democráticos.
* Politólogo