
Doble Filo
El nuevo tico
Edgar Espinoza
Uno es su entorno. Si se cría frente a una plaza de fútbol, cultivará en ella la astucia del sediento de goles; si en las casas de mancebía, acabará entre gamberro y sibarita, y si a la orilla del mar, adquirirá la impronta de sus veleidades. Yo nací y crecí en medio de dos cementerios, y aunque no llegué a espanto al menos hasta donde me juran y rejuran me hice íntimo de los muertos desde que de niño me permitían jugar “escondido” entre sus tumbas.
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Hasta hace relativamente poco tiempo el tico se criaba bajo el aura de la montaña. Aunque viviera en una villa, caserío e incluso ciudad, la huella del campo jamás le abandonaba. Ahí estaban todavía el bosque al alcance de la mano, el río a merced de sus quehaceres y las llenas de febrero enredadas entre las cuerdas de alguna guitarra. Bajo el mismo halo, sus dichos y refranes rezumaban la chispa del labriego socarrón, olía a tierra preñada por los primeros aguaceros y la piel del paisaje le envolvía sin que quizá se percatara.
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Y así, moldeado a imagen y semejanza de esa naturaleza, el tico urbano de entonces era, en efecto, apacible como las llanuras, sencillo como los caminos de polvo y cálido como el regazo de sus arenas. Ambos, hombre y montaña, se regían por las leyes no escritas del orden y la armonía, y la vida, aunque modesta para la mayoría, transcurría sin miedos ni sobresaltos, más bien optimista, distendida y amigable en medio de una particular vena de humor.
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Luego, todo empezó a cambiar. Nos hicimos muchos, las ciudades se complicaron, nos llenamos de compras y basura y la campiña se redujo, si acaso, a la visita esporádica del fin de semana. Donde había un soto de almendros se construyó un centro comercial, y donde el pueblo se sentaba a despedir la tarde, un hotel “cinco estrellas”. Es decir, una abigarrada mancha de concreto y asfalto desplazó, por donde quiso, el verdor del suelo, y la energía de vahos sobrenaturales se degradó en otra, altanera e invasiva.
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A partir de entonces el lenguaje del tico ya nunca más fue de ecos de montaña, pues de la lata y el tóxico solo podían brotar lamentos. Prefirió el estruendo de las calles al zumo de los humedales; la obsesión por el dinero fácil, al desapego por lo material, y el lujo y la apariencia, a la majestad de sus tradiciones. Ya no miró a través del aire virgen sino de sus lágrimas de rehén. Ya no escuchó la poesía del viento sino el grito de las alcantarillas.
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La consecuencia está a la vista: un tico bajo el influjo de la materia grosera y la emanación artificial; esta vez, a imagen y semejanza de su nuevo huésped: el desecho contaminante y la transfusión de violencia, primogénitos ambos de una modernidad mal entendida. Un tico de linaje consumista y piel de electrodoméstico, al que el efecto invernadero de la codicia lo lleva a medirse con los demás por lo que tiene, y a matar por lo que no tiene. Si lo natural lo serenaba, ahora lo antinatural lo exacerba. O sea, otra energía, otra ley, otro ser. ¡Otro tico!
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