TALA Y DEFORESTACIÓN DE LESA HUMANIDAD
Rafael Ángel Sánchez Rojas *
Llega una nueva celebración del día mundial del medio ambiente y, como es costumbre, los discursos oficiales así como reportajes o documentales programados con este fin, ponen sobre la mesa lo que cada quien considera es propicio para el evento. Pero como la historia no se detiene y los tiempos presentes solo se parecen a los pasados en la fecha con que los registramos, hasta el mismo concepto de “celebrar”, dado su más común sinónimo de festejar, ya es totalmente incongruente con el contexto de lectura obligatoria.
No obstante, se supone que el interés de todos siempre persigue ganar conciencia y compromiso en la acción cotidiana, obra que será transformadora si, como dice Freire (1994) en “Cartas a quien pretende enseñar”, pg. 29, se basa en el análisis crítico de su misma práctica. Y tal vez así, cada nueva fecha, más que festejar, sea una evaluación permanente para progresar. Es hora de reconocer que por el camino tradicional, a pesar de tantas celebraciones, encuentros, convenios, tratados, declaraciones, cartas, etc.; no se logró evitar la catástrofe ecológica planetaria.
En cuanto a la deforestación y su resultante exterminio de recursos, paradójicamente ha contribuido al retorno -obligado- de los asentamientos humanos del campo a la ciudad. Es conocido que en Costa Rica todavía cinco décadas atrás, la migración mayor era de la ciudad al campo, particularmente a las zonas boscosas, vistas por muchos como aquello que Omar Cabezas (1982) llamó “La montaña es algo más que una inmensa estepa verde”, vientre desafiante donde a punta de hacha y fuerza humana se edificaban las abras, “madres de todos nosotros y de nuestros hijos, esas que están olvidadas bajo las sementeras de hoy y cubiertas por el hojarascal de los tiempos” (Dobles, F. 1950. El Sitio de las Abras, pg.10, 11).
Si bien a través de la economía desarrollista dominante en nuestros países, el bosque constituía un obstáculo al progreso, para los trabajadores asalariados representó por lo menos un motivo para ir a su encuentro como sitio de subsistencia. Es decir, esa migración tiene dos momentos, primero al campo y luego a la ciudad; por lo que no es extraño que muchas generaciones adultas residentes en la ciudad, sean campesinos de nacimiento -si vale la denominación- con padres o abuelos campesinos por su experiencia en ese medio, pero de nacimiento citadino.
Zonificadas nuestra ciudad capital y sus vecinas conjuntamente como Gran Área Metropolitana (GAM), la podemos valorar también como una abra, cual amplia abertura entre montañas casi despobladas. Muy diferente de lo que fue antes que el crecimiento económico del país promoviera la extensión de la frontera agrícola. Políticas por medio de las cuales, la deforestación se “modernizó” y actualizó legalmente para satisfacción del mercado, y los pocos bosques que fueron quedando, hoy se reducen a las áreas protegidas; siempre y cuando no obstaculicen los intereses ilimitados de la explotación especialmente turística.
¿Qué decir de la deforestación o tala en la GAM? Ante la mirada atónita de unos y otros incluyendo visitantes, a diario observamos lo que se da a la vista de todos los que quieran ver: tala selectiva y deforestación, en el último caso corta colectiva de árboles adultos; por lo tanto en su madurez. Como caminantes por ésta área, en muy poco tiempo hemos presenciado tan irracionales acciones en las cercanías del aeropuerto Juan Santamaría, en los parques de la ciudad de Alajuela y Heredia, en las ciudades universitarias de UCR y UNA, frente al Museo y Hospital Calderón Guardia, Parque industrial y zona franca de Barreal de Heredia, Parque central de San Pedro de Montes de Oca, Los Yoses, Iglesia la Merced, Autopista General Cañas; nuevo Hospital de Heredia, Castillo Azul, Hospital México, así como muchos cafetales desaparecer; y en las mismas ciudades erradicación de solares con árboles y jardines, etc. En contraposición a lo anterior, la escasísima repoblación observada o más bien reforestación, ha sido unos cuantos árboles de tres o más metros de altura y desproporcionado diámetro de tallos, plantados en algunas aceras capitalinas, bajo responsabilidad de autoridades municipales y CNFL. El éxito de tales obras también está allí mismo muy a la vista o disposición de todo el que quiera ver.
En el plano local y nacional, las acciones radicales son necesarias y urgentes, si no queremos seguir contribuyendo al exterminio. Para ello y con voluntad política, todavía el marco legal estricto del artículo cincuenta constitucional y leyes No. 5980, 3963, entre otras, son viables. Pues ante la emergencia, no de alerta sino de ¡salvémonos todos! ya no hace falta mayores pruebas para determinar que talar árboles, especialmente en la ciudad, es efectivamente crimen de lesa humanidad.
Bajo esta perspectiva urge legislar también a favor de los bosques remanentes del campo. Pero esto es ficción en las condiciones actuales del parlamento, por lo que mientras llegue la limpieza y dignificación de este poder de la República, las municipalidades, sin que tampoco estén muy benditas, pueden avanzar implementando iniciativas novedosas. Al respecto, la “Declaración del derecho del árbol en la ciudad”“Carta de Barcelona”, serán también textos a saber leer. Pues son muchos los derechos humanos que garantizan un medio ambiente sano según Gamboa, H. (2001) en su obra póstuma “Pan de Tierra, un canto al amor un canto a la Tierra”.
* Ing. Forestal