PRISMA
QUE SU HIJO NO SE LE SALGA DE CONTROL
Por Mario Ugalde C.
Subdirector
mugalde@diarioextra.com
Una buena parte de padres de familia se inclinan por esperar poco del hijo y demasiado de sí mismos. A menudo están intentando ser dulces y pacientes, cuando su exigida paciencia está agotada y, de hecho, el hijo se les está yendo de las manos y necesita una corrección decidida. O bien, titubean cuando el niño ocupa ser manejado con firmeza.
En cierto momento, la conducta del hijo se vuelve tan insultante, que la paciencia de los padres estalla. Lo regañan o castigan y luego se reestablece la paz. Sin embargo, el problema de los papás que se sienten culpables, es que se avergüenzan demasiado de perder el control. Entonces, en lugar de dejar las cosas como están, intentan volver atrás en el correctivo aplicado, permitiendo que el hijo o la hija los castigue, a su vez. Tal vez permitan que sean groseros con ellos, precisamente en medio del castigo, o retiran la penitencia antes que haya sido cumplida. La mayoría de padres concienzudos permiten que sus hijos se salgan de los límites cuando, en ocasiones, sienten que han sido injustos o negligentes. Pero pronto recuperan el equilibrio. De todos modos cuando los padres dicen: “Todo lo que hace este niño me irrita”, es una señal evidente de que esos papás se sienten demasiado culpables, se conducen en forma permisiva y sumisa, de manera crónica, y el niño reacciona a esto con una provocación constante.
Ningún niño puede ser irritante en forma accidental. Si los padres pueden determinar en qué aspectos son demasiado permisivos y reafirman la disciplina, descubrirán con alegría que su hijo, no sólo comienza a comportarse mejor, sino que se muestra más contento. Por lo tanto, podrán amar mejor a su hijo y éste, a su vez, responderá a ello.
Un niño necesita sentir que sus padres, aunque sean agradables, tienen sus propios derechos, saben cómo ser firmes y que no les permitirán ser irrazonables o groseros. De este modo, se siente mejor. Esto lo instruye, desde el comienzo, para llevarse bien con otras personas, de todas maneras los niños malcriados no son criaturas felices, ni siquiera en sus propios hogares. Y cuando salen al mundo, aunque tengan 2, 4 ó 10 años, están condicionados a recibir un duro golpe. Descubren que nadie está dispuesto a reverenciarlos; más bien desagradan a todos por su egoísmo. Deben pasar por la vida resultando impopulares, o bien, aprender a ser agradables, de la forma más difícil.
Los padres descuidados, a menudo permiten que su hijo les saque ventaja durante un tiempo, hasta que su paciencia se agota, y luego se arrojan con enojo sobre el niño. Pero ninguna de estas situaciones es, en realidad, necesaria. Si los papás tienen saludable respeto por sí mismos, pueden mantenerse firmes mientras aún se sienten inclinados a ser amistosos. Por ejemplo, si su hijo insiste en que usted siga jugando, aunque está agotado, no tema decir, en forma alegre pero decidida: “Estoy muy cansado. Ahora voy a leer un libro...”.
Si se pone demasiado terco no crea que debe seguir siendo un padre dulce y razonable. Ignórelo, a pesar de que grite durante un minuto, eso es parte de la formación de todo ser humano. Ahora que están de vacaciones ayúdeles a mejorar, para que cuando vuelvan a la escuela sean más tolerantes y dejen los “berrinches”.