REFLEXIONES ACERCA DE LA NUEVA LEY DE TRANSITO
Parte 2
Carlos Federico Smith
Este es el segundo de varios comentarios acerca de la nueva Ley de Tránsito, que se aprobó hace poco y que entrará en vigencia plena de forma gradual durante los próximos meses. De nuevo reitero que mi objetivo no es oponerme a algunos de los buenos propósitos que ampararon la decisión del Congreso, sino señalar algunos aspectos que me parecen exagerados y hasta conducentes a daños que no se tomaron en consideración adecuadamente a la hora de legislar.
El tema de las sillas especiales para transportar niños sin duda que es objeto de discusión. Soy conciente del propósito loable de las autoridades gubernamentales proponentes de dicha medida. El problema consiste en que en la vida humana es imposible eliminar totalmente los riesgos. Como ejemplo pongo la historia de Esquilo, destacado dramaturgo griego quien murió (456 antes de Cristo) cuando un águila dejó caer una tortuga viva sobre su cabeza, pues era calvo y el águila la confundió con una piedra. Por supuesto que hay una probabilidad, pero muy baja, de que alguien muera porque sobre su cabeza cayó una tortuga, pero siempre hay alguna posibilidad de que eso suceda. ¿Debemos exigir por ello a la gente que ande con cascos en la calle, por si le cae encima una tortuga? Por supuesto que el sentido común nos dicta que no. Bueno, ¿qué tan elevado es el riesgo de que un niño muera en un accidente de tránsito por no ir en una silla en el asiento de atrás del automóvil? Posiblemente no sea tan alto y, aunque lo fuera, la medida propuesta para eliminar tal riesgo podría ser muy cara. (El costo de comprar un seguro para todo lo que uno hace y que le proteja de un eventual daño es enorme: por eso es que la gente no compra “tal seguro”… ni siquiera se ofrece en el mercado).
Hace poco observé a alguien explicar cómo funcionaría el asiento para niños que la nueva Ley exige: se colocaría en la mitad del asiento de atrás, en donde los carros tienen campo para colocar los cinturones que lo amarrarían. Eso significa que hay campo para un asiento, con lo cual surge la primera duda: ¿y cómo hacer cuando se viaja con más de un niño? Pero aún hay más. Según indicó un medio de prensa, en promedio cada asiento cuesta ¢75.000. Como la nueva Ley exige que el asiento sea para niños de hasta 12 años, durante el lapso que va del nacimiento hasta esa edad se debe adquirir 4 asientos (uno cada tres años). Esto daría un costo por niño en su vida de ¢300.000. Posiblemente sea muy poco para alguien muy rico, pero sí mucho para un pobre. He aquí un problema con esta Ley: tiene medidas que recaen más fuertemente sobre conductores relativamente más pobres (también son estos quienes tienen un mayor número de hijos). Me han dicho que a los taxis se les ha eximido, como era lógico, de esta regulación al transportar niños.
Si a alguna familia Dios la bendice, como le sucedió a un amigo funcionario publico, con 4 hijos de una sola vez (o gemelos, o trillizos para no usar aquel caso tan extremo), el gasto en asientos será enorme (y es hasta imposible de colocarlos). Para obedecer la Ley, el padre potencial, si es de bajos recursos, mejor piense en esterilizarse, porque obedecer la Ley le arruinará. Son estos extremos de la Ley, que parece copiada de algún país europeo “rico”, los que terminarán por hacerla inoperante.