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CON LA GENTE

LAS ARMAS NO SE DISPARAN SOLAS

Dr. Óscar Arias Sánchez
Presidente de la República

El miércoles pasado, se cumplieron veintiún años de la entrega del Premio Nobel de la Paz, que recibí sumido en la ansiedad y la esperanza en nombre de todos los niños de Costa Rica. En ese aniversario tan especial para Costa Rica, participé en un acto de destrucción de casi dos mil armas. Quisimos reafirmar de esa manera los ideales que defendimos en 1987. No queríamos que nuestro destino se escribiera con sangre y pólvora, sino con tinta. No queríamos que nuestra historia fuera un infinito anecdotario de muertes disfrazadas de hazañas de guerra. No queríamos que las armas gobernaran nuestro pueblo, porque queríamos ser gobernados por las leyes y por las ideas. En aquel salón en Oslo, pronuncié convencido las siguientes palabras: “Las armas no se disparan solas. Son los que perdieron la esperanza los que disparan las armas. Son los que están dominados por los dogmatismos los que disparan las armas”.

Han pasado todos estos años, he vivido inmensos dolores y alegrías, y ése sigue siendo uno de los enunciados más diáfanos de mi credo. En cada esquina, en cada rincón del planeta, alzaré siempre la voz en contra de las armas. En las escuelas y en los colegios, en las universidades y en los organismos internacionales, alzaré siempre la voz en contra de las armas. Con el último aliento que Dios ponga en mis pulmones, con la última fuerza que Dios brinde a mi cuerpo, alzaré siempre la voz en contra de las armas.

Porque no me cansaré de repetir que las armas son una traición abominable, la más cruenta traición de la existencia humana. Que nadie nos venda la idea de que por las armas llegaremos a la paz. Que nadie nos venda la idea de que por los caminos de la violencia encontraremos la tranquilidad. Que nadie nos venda la idea de que más allá de la destrucción alcanzaremos los sueños que anhelamos. Aquel que logra hacerte absurdo, puede hacerte injusto, decía Voltaire. Si continuamos creyendo en la falacia de las armas, continuaremos alimentando la industria que hace girar el infernal ciclo del dolor del hombre y la mujer.

Las armas no se disparan solas, las disparan quienes perdieron la esperanza y creyeron en absurdos. Las disparan quienes compraron la idea de que la paz camina sobre cadáveres. No compremos nunca esa idea. No permitamos que alguien logre hacernos absurdos y acabe por hacernos atroces. Un arma es un mercenario impío. Se arrodilla frente a cualquier amo y sirve a cualquier fin. ¿Quién en la Tierra puede decirle a una granada que explote sólo contra los injustos? ¿Quién puede ordenarle a un rifle que se dispare sólo contra el mal? ¿Quién puede asegurar que un revólver no encontrará nunca la sien de un niño, de una madre o de un anciano? ¿Quién? ¿Quién, pregunto yo, puede dividir las armas para que sólo protejan lo mejor del espíritu humano? ¿Y es que acaso sabemos lo bueno y lo malo; acaso podemos distinguir con certeza entre los justos y los injustos?
Un mundo sin armas puede parecernos una quimera. Pero será la única quimera posible si no hacemos algo. Ni los sueños de equidad, ni la búsqueda de sabiduría, ni las ansias de prosperidad, sobrevivirán al ritmo de 875 millones de armas pequeñas y livianas en el mundo. El acto de destrucción de armas fue simbólico, pero fue también trascendental. Las armas no se disparan solas. Y es preferible que nunca se lleguen a disparar.


 
 
 




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