
Doble Filo
¿Quién para a Oscar?
Edgar Espinoza
Oscar Arias quiso ser otra vez presidente de la República y, a su modo, torciendo brazos y dejando el ego en el alambre, lo logró. Y no se detuvo. Quería más. Fue cuando nos dimos cuenta de que el suyo sería otro gobierno no al servicio de la patria, que siempre le ha quedado chica, sino un trampolín hacia la inmortalidad.
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El avance hasta hoy, según el último corte, es espectacular: ¡Ya se siente presidente del mundo! Que se sepa, oficialmente nadie lo ha elegido, pero en su frenética alucinación por el poder, se lo cree y disfruta. Y ahí anda, de Doha a Pekín y de Bruselas a Singapur, con su maleta repleta de entredichos pontificando sobre el hambre, la soledad, el desamor, la naturaleza y la paz como un Gandhi con zapatos de charol.
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Y cual moderno Júpiter Tonante, alzando también su voz contra las superpotencias para que el gasto en armas lo destinen a la educación y a la vivienda mientras aquí, en su diminuto país, los niños, a falta de aulas, reciben clases en las plazas de toros y salas de velación; las donaciones para vivienda acaban en alegres piñatas y nuestros pueblos rurales hasta el cuello de barro esperando que el gobernante baje de su nube. Y ¿no será más bien que a él le queda grande el país?
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Igualmente Oscar truena ante el mundo contra la presencia gringa en Guantánamo, la miseria en África, la guerra en Iraq y la injusticia toda, pero parece darle una terrible afasia cuando de censurar la violación de los derechos humanos en China se trata. ¿Cómo entender tanta ambigüedad? ¿Cómo explicarse tanto doble discurso? Solo hay una manera: o quiere otro Nobel, o sueña con la secretaría general de las Naciones Unidades, o las dos cosas juntas para, de una vez por todas, cortar rabo y oreja.
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Aun así, no se detiene. Consciente de que le queda año y piquito para dejar el poder y volver a las sombras; sin flashes, sin honores militares, sin cámaras y sin halagos, ya parece mover el tinglado de mil formas para canonizar su imagen ante la historia; una, bautizando al nuevo Estadio Nacional “Oscar el Olímpico”; otra, erigiéndose un “Jiménez Deredia” en media autopista a Caldera, y otra, abriendo un museo personal con pabellones de fotos, galardones, videos, espejos y ovaciones.
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Pero aquí no acaba todo. Convencido de que el poder es consubstancial a él, ya agita el tablero político para prolongarse en sus mieles nombrando de a dedo a sus íntimos, coqueteando con la convocatoria a una Constituyente con nombre y apellidos, e intentando reformas a lo Hugo Chávez de modo que la “dinastía de los Arias” se convierta en el máximo acontecimiento de este siglo.
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Y aún hay más. Como Oscar no querrá pasar a la inmortalidad como un simple presidente, no sería de extrañar un pacto suyo con los hados para inmortalizarse como deidad, con religión y todo, mediante un proceso de transubstanciación que lo convierta en figura mítica para ser adorada por los siglos de los siglos. ¿Quién para a Oscar?
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