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• Para que pasara una vergüenza:

LO TIRAN CHINGO A BULEVAR POR NO PAGAR LA CUENTA

MARCO LEANDRO
mleandro@diarioextra.com
FOTOS: JUAN CARLOS RUBÍ

Después de que pasó la vergüenza de quedar chingo en el bulevar le devolvieron el pantalón para que no sintiera frío en la cárcel.
Tremendo “show” se armó ayer por la tarde en el nuevo bulevar de la Avenida 4, entre calles 4 y 6, detrás del Condominio Las Américas. Los curiosos querían ver al hombre chingo que era escoltado por la Fuerza Pública a los calabozos. Fue una algarabía que pocos querían perderse.

Entre saloneras, cocineras, lavaplatos, cajeros y demás trabajadores del Restaurante Jade le quitaron la ropa y lanzaron chingo al bulevar a un hombre que acostumbra llegar a comer e irse sin pagar.

“Ese tipo tiene la costumbre de venir, sentarse en la mesa que está a la par de la puerta y sin que nos demos cuenta se va sin pagar. Eso lo hace muy a menudo, más que todo los fines de semana. Pero hoy lo pescamos cuando ya se iba”, dijo la salonera Rosa Salazar.

Explicó que el sinvergüenza es conocido por esas jugarretas y las más perjudicadas son las saloneras, a quienes les deducen de su salario la cuenta que no paga.

Agrega que ayer querían darle una lección. “Si lo hace aquí, lo debe hacer en otras partes. La cuenta era de ¢5.520”, agregó Salazar.

La salonera comentó que ayer al ver que se iba sin pagar lo agarraron entre todos, lo metieron al baño, le buscaron en las bolsas y se dieron cuenta que no andaba ni un cinco. Estaba más limpio que la tabla del dulce.

“Un muchacho quería pegarle una golpiza pero yo preferí convencerlo de que le quitáramos la ropa y lo dejáramos irse chingo por el bulevar para que pasara una gran vergüenza y así no volviera. Y vieras los gritos que pegaba. Yo le desgarré la camisa y le quité el pantalón”, narró la salonera.

Sin embargo el “show” acabó cuando salía del restaurante, pues los policías llegaron a detener al limpiazo y le pusieron una camisa que alguien le prestó.

El alboroto duró 15 minutos, pero es una de las notas chistosas del anecdotario del nuevo bulevar.

Mientras tanto, los otros clientes del restaurante tenían asiento de primera fila y veían cómo el “comegratis” zapateaba, gritaba y lloraba, pero sus lágrimas de cocodrilo no fueron suficientes para detener la ira de los trabajadores de ese restaurante.


 
 
 




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