CON LA GENTE
LA VIOLENCIA NO ES COSTARRICENSE
Dr. Oscar Arias Sánchez
Presidente de la República
En su célebre libro, El Profeta, el poeta libanés Gibran Khalil Gibran nos dice: “Puedo hablaros del bien que existe en vosotros, pero no así del mal. Pues ¿qué es el mal sino el bien torturado por su propia hambre y sed? La verdad es que cuando el bien está famélico busca su alimento hasta en las cuevas oscuras, y cuando siente sed bebe hasta de las aguas estancadas”.
Yo no creo que exista maldad en el joven costarricense. No creo que su corazón haya nacido envenenado, ni que sus intenciones sean por naturaleza destructivas. Ni siquiera creo eso de los jóvenes costarricenses que hace algunos días destrozaron las instalaciones de la Universidad Latina en San Pedro de Montes de Oca.
Por el contrario, creo que nuestra juventud recurre a la violencia cuando es violencia lo que encuentra a su alrededor. Creo que acude al irrespeto cuando es irrespeto lo que conoce. Es muy fácil tirar la primera piedra, acusar, censurar y exclamar con dolor: “nuestra juventud está perdida”. Pero qué difícil es evaluar nuestro propio corazón, y preguntarnos si no compartimos nosotros parte de la culpa por los hechos ocurridos.
En mis años de vida he visto muchas cosas. He visto jóvenes guerrilleros con sus cuerpos acribillados en las montañas nicaragüenses. He visto jóvenes salvadoreños que perdieron sus brazos o sus piernas en la guerra civil centroamericana. He visto jóvenes marcados por el dolor de la muerte de algún ser querido en las calles guatemaltecas. Pero hasta hace algunos años, nunca había visto a un joven costarricense protestar violentamente con el rostro cubierto por una máscara.
A Costa Rica la hicimos hablando de frente y mirándonos a los ojos. En este país no es necesario alzar el puño para alzar la voz, ni lanzar una piedra para lanzar una idea. Sin embargo, muchos han sido indulgentes con estas actitudes. Hay quienes, incluso, las han aprobado y legitimado. Esas personas pretenden dar a nuestros jóvenes algo así como una licencia condicionada, un permiso a la violencia siempre y cuando sea usada en contra de tal Gobierno o en contra de tal proyecto.
El problema es que, como bien lo adivinó Martin Luther King, la violencia no puede ser contenida. Es una espiral descendiente que lleva a una mayor destrucción. Aceptar la agresión, el vandalismo, el irrespeto, la falta de mesura y racionalidad, es sembrar una cizaña que crece mucho más rápido que la hierba buena, y acaba por consumirla. Por el bien de nuestros jóvenes, por la supervivencia de nuestra sociedad, es nuestro deber condenar todo tipo de violencia, no importa de quién venga, no importa hacia quién vaya dirigida, no importa qué causas la motiven, no importa qué fines persiga. En una democracia como la nuestra sólo la paz es un medio legítimo, sólo el diálogo es un camino aceptable. Si no lo comprendemos a tiempo, puede que nuestra democracia, nuestros ideales, e incluso nuestra población, corran peligro.
Por el momento, nada es irreversible. Nuestra juventud no está perdida. Pero requiere un ejemplo coherente y un único mensaje de parte de la población adulta de este país: la violencia no es costarricense.