• Fátima, Atenas:
MONTAÑA DE BARRO SEPULTÓ 13 PERSONAS
• Solo dos cuerpos fueron rescatados • Más de 225 personas buscan desaparecidos • Siete casas quedaron destruidas • 65 personas en albergues
Paola Hernández Chavarría
phernandez@diarioextra.com
Fotos: Graciela Solís, Luis Chinchilla,
Francisco Obando
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Toda tragedia tiene un rostro humano, el esfuerzo de los socorristas por rescatar a alguien con vida, las lágrimas de dolor por la pérdida de un ser querido o simplemente la incertidumbre y la impotencia de ser menos que la muerte.
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Aterradora, así fue la madrugada de ayer en Fátima, Atenas, Alajuela, luego de que una montaña de barro cayera sobre siete casas y sepultara a unas 13 personas, dos horas después de la medianoche.
Minutos antes un retumbo sorprendió a los lugareños, la avalancha de lodo entraba por ventanas y puertas, llevándose todo a su paso, dejando destrucción, unos pudieron escapar, otros por el contrario no tuvieron tiempo de nada.
En medio de la oscuridad familias enteras abandonaron lo que quedó de sus casas. Lo importante era ponerse a salvo.
Los cuerpos de rescate comenzaron a llegar, la noche no dejaba ver la verdadera magnitud de la emergencia. Niños, mujeres y hombres fueron salvados de morir aterrados, los encontraron con el agua y el barro hasta la cintura, pero con vida.
ESTELA DE MUERTE
Los primeros rayos de luz permitieron ver la fatídica escena, una estela de muerte se sentía en el ambiente, mientras la lluvia caía sin piedad.
La comunidad entera no salía del asombro. Cientos de personas colaboraban en la búsqueda de los desaparecidos y sacaban a los sobrevivientes de aquella tragedia.
El albergue local estaba colapsado, el llanto y el dolor se hicieron sentir; más de 65 personas que fueron evacuadas querían información sobre la suerte de sus familiares, a los que en la penumbra de la noche, no pudieron salvar, pese a las súplicas de auxilio.
Las autoridades identificaron a las víctimas como María de los Ángeles Agüero Corella, de 36 años; su hija de apenas 11 años Débora Ovares Agüero y su compañero sentimental Epifanio Solórzano Villanos, de 55; Adelina Luz Sibaja Pérez, de 78 y su nieto Luis Jeffrey Agüero Artavia, de 26; además los hermanos Arquímides del Carmen Avilés Morales, de 40 y Luis Andrey Avilés Beita, de 21 y Cecilia Barrios Víquez, de 60.
Entre los desaparecidos figuran también cinco nicaragüenses: los hermanos Isidro y Francisco Zelaya Rivera, de 40 y 32 años; Agustín Reyes, de 41, Harlem Osorio, de 22 y Dorwin Palacios, de 35, todos peones de construcción que tenían poco de haber llegado a esa zona a vivir y trabajar.
MANO A MANO
La tarea era ardua, más de 225 personas integraban los cuerpos de socorro, personal de la Cruz Roja, Fuerza Pública, Bomberos, Comisión Nacional de Emergencias (CNE) y Unidad Canina para el rescate de personas, trabajaban mano a mano para extraer los cuerpos atrapados por tierra, piedra, troncos, trozos de madera y hasta autos destrozados. Ni qué decir de los lugareños, que arriesgando sus vidas, junto a los expertos, se ofrecieron para ayudar en lo que fuera, removiendo escombros, jalando herramientas, repartiendo comida y hasta dando apoyo a quienes perdieron a sus seres queridos.
Las horas eran eternas, los que perdieron todo se apostaron al pie de aquella ladera que amenazaba con caer de nuevo. Una fuerte lluvia en horas de la tarde, invadió de tensión el sitio, había más vidas en peligro, pero las labores debían continuar.
CON MACETAS, BALDES Y CAJAS
Tractores, retroexcavadoras y vagonetas quitaban del paso las inmensas piedras, el paredón entero aterró el barrio, no permitía el paso; el agua que bajaba del talud se colaba por todo lado, creando ríos de fango que impedían caminar.
Hasta los baldes de lavar ropa, cajas de refrescos y macetas sirvieron para sacar tierra de lo poco que quedó en pie y en donde se creía podía haber sobrevivientes.
La esperanza de hallar personas vivas se esfumó. Balton y Axel, dos perros adiestrados para rescatar a seres humanos en situaciones de emergencia, olfatearon el lugar.
Sus entrenadores gritaban fuerte “¡Somos del equipo de búsqueda y rescate de la Cruz Roja!, ¿alguien nos escucha?”, sin embargo todo era silencio.
Una y otra vez hicieron llamados, pero nadie respondió. Los canes ladraban sin cesar, sus narices podían oler la muerte. La desesperación se hacía mayor, los cuerpos seguían atrapados bajo toneladas de tierra.
Solo los cadáveres de dos de víctimas, Jeffrey Agüero y Arquímides Avilés fueron rescatados.
La luz del día se agotó, sin embargo las fuerzas de seguir la labor crecieron. No importaba que la penumbra cayera, lo importante era buscar a esas víctimas. Equipos especiales para trabajar en la oscuridad estaban listos, el riesgo era latente, pero la faena debía continuar.
VÍCTIMAS DE LA TRAGEDIA

