ANTE UNA ENFERMEDAD TERMINAL, LA ESPERANZA PERSISTE
Lic. Marielos Hernández N.
Psicóloga
Durante muchos años, lastimosamente, se les informaba a las personas de una forma bastante inadecuada los diagnósticos de enfermedades. Esto provocaba toda una cantidad de dolorosas consecuencias, entre ellas la más debastadora podríamos decir que era la pérdida de la esperanza.
Y esa pérdida de esperanza marcaba una temible espera, en la que el único horizonte era la despedida inminente.
Familiares y amigos se enfrentaban con la impotencia, con la frustración de pensar que no había nada más que hacer, sólo esperar.
Hoy en día sabemos que siempre se puede hacer algo, y ese algo no deberíamos desvalorizarlo, pues marca la diferencia en cuanto a que el tiempo de sobrevida de nuestro ser querido sea lo más llevadero posible.
Podemos ir dejando en el pasado esa triste frase: “No hay nada que hacer”, se podría sustituir por la frase “Haremos todo lo posible, porque aún existe la esperanza”.
Cuando hablo de esperanza me refiero a una esperanza realista que pueda significar confiar en que no haya que soportar un dolor inaguantable, que se reciba atención especializada para controlar síntomas físicos y emocionales. La esperanza, incluso, va de la mano de poder encontrar consuelo en la espiritualidad, en la propia visión de vida y muerte que cada uno tenga, sin imposiciones ni desatención.
Cuando una persona afronta el diagnóstico de una enfermedad que se encuentra en un periodo de terminalidad, puede traer a su mente las circunstancias en que sus familiares o seres queridos fallecieron. Lo riesgoso de esto es que hasta hace pocos años las personas eran desahuciadas y enviadas a morir en su hogar, sin ninguna guía, orientación o información que les permitiera hacerse cargo de lo que sobrevenía. Muertes con dolor, duelos sumamente difíciles y demás consecuencias han marcado a gran cantidad de personas que a la hora de enfrentar su propia realidad como seres finitos, ve intoxicada su propia existencia con todas las experiencias dolorosas que conforman los recuerdos.
Si usted es una persona que ha sido diagnosticada con una enfermedad que se encuentra en una fase avanzada, tenga en cuenta que nadie puede determinar a ciencia cierta el tiempo que le quede de vida, ni como tiene que ser ese periodo.
La salud mental de las personas que enfrentan enfermedades incurables y terminales puede hacer la diferencia entre estar bien o perder la esperanza. Una persona que cuenta con la información adecuada, que conozca sus posibilidades de ser atendido, se posicionará frente a su circunstancia particular de forma distinta que aquellos que se quedan convencidos de que lo peor sobrevendrá, que en silencio sufren sus propios temores y también los recuerdos dolorosos que asocian con muerte.
Tanto los familiares como las personas que tienen una enfermedad en estadio terminal, pueden recuperar la esperanza y vivir mientras haya vida, encontrando opciones creativas y satisfactorias de vivir aún cuando se esté construyendo una despedida.
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