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TLC: Poco que temer, mucho que ganar

Luis Di Mare H. - dimareluis@anfe.or.cr

El precio que pagué por mi camisa favorita, una de mezclilla, importada, no deja de asombrarme: Solamente 1000 colones, menos de $2.¿Podríamos los costarricenses producir camisas a tan bajo precio? Lo ignoro. Cuando no se permitía la importación de tantos productos extranjeros buenos y baratos, jamás encontré una ganga como esa. Hoy cualquiera que solamente tiene 1000 colones para una camisa, puede andar bien vestido. En el pasado, no podía.

Son 1300 millones de chinos, que ganan salarios mucho más bajos que los costarricenses, y que gracias a esos bajos salarios nos inundan con productos buenos y baratos. Y esos productos nos permiten un nivel de vida que no podríamos disfrutar sin ellos.

Por otra parte, los estadounidenses ganan salarios tan altos, con respecto a Centro América, que más bien la preocupación de muchos de ellos es que ingresen allá productos centroamericanos muy baratos. Si los productos chinos no nos arruinaron, sino todo lo contrario, ¿por qué temer el ingreso de productos provenientes de los Estados Unidos (EE.UU.), un país mucho menos poblado que la China, y donde los salarios son mucho más altos que en Costa Rica?
Por otra parte, es comprensible que los costarricenses queramos un TLC: los EE.UU. son la superpotencia económica del mundo y nuestro bienestar depende en buena medida de poder vender productos allá. Pero muchos se preguntan, ¿Para qué puede querer una superpotencia como los EE.UU. vender a este país minúsculo? “aquí hay gato encerrado”, se dicen... Pero una poderosa razón empuja tanto a costarricenses como a estadounidenses a querer un TLC.

Cualquier productor o comerciante sabe que, para vender, necesita ofrecer un precio competitivo. En el pasado, buena parte de nuestra producción era competitiva solamente en el reducido Mercado Común Centroamericano, en donde los precios eran artificialmente altos pues se cobraban impuestos exorbitantes a los productos de fuera de la región centroamericana para encarecerlos. El asunto terminó en una grave crisis, y el funesto esquema, dichosamente, se abandonó. Hoy exportamos a todo el mundo, pero también competimos con el ancho mundo, no solamente con Centro América.

Abundan las empresas exportadoras, de capital estadounidense, en el país, pero también hay empresas exportadoras, de capital costarricense. Y, pienso que tanto los exportadores costarricenses como los estadounidenses, tienen una preocupación común: Producir a precios competitivos, tener asegurado el ingreso de sus productos a los EE.UU., tener los seguros y las telecomunicaciones que necesitan y además a buen precio. Y el TLC les daría eso.

Cuando alguien usa su capital para establecer una maquiladora, quienes saben de maquila suelen alegrarse porque saben que ese capital se usará para ofrecerles trabajo y tal vez mejores remuneraciones.

Entonces, ¿por qué habrían de oponerse quienes saben de seguros y telecomunicaciones -los trabajadores del INS y del ICE- a que alguien venga a invertir su capital para ofrecerles trabajo?
Por otra parte, si existe tanto capital estadounidense en el país ¿por qué temer el ingreso de más capital? Ganamos con la presencia de ese capital, para convencerse de eso basta recordar la crisis vivida cuando tantas bananeras se fueron del país.


 
 
 




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