“YO NO SOY UN BORRACHO…”
Nelly Garita Lizano*
San Blas de Cartago. Domingo 29 de julio 19:44 hrs.
Hubo un estruendo que jamás se ha escuchado en este tranquilo barrio ubicado a un kilómetro y medio de la Basílica de Los Ángeles. ¿Balazos, un transformador que explotó, un choque?
Mi hermana Angie, de 21 años de edad, tenía dos minutos de haber salido, iba con su amigo de infancia José Eduardo, ellos fueron colisionados de frente.
Mi mamá salió corriendo, mi papá y yo detrás de ella.
De su cuarto a la sala lo único que decía era ‘Angie y José Eduardo’ y yo le decía ‘mami, tranquila, no salga’, no sabíamos qué había pasado, pero había que abrir la puerta. Gracias a Dios Angie y José Eduardo estaban bien, sin golpes ni raspones, pero a escasos 7 u 8 metros un pick up Mazda color celeste, placa número CL 132121 había destruido en cuestión de segundos el muro de la casa de la familia Calderón Calderón.
El ruido fue tal, que como en cualquier accidente, los vecinos se aglomeraron. No ejerzo mi profesión pero lo primero que le pedí a mi hermana fue mi cámara y en buzo, pantuflas y mechuda, me fui a meter en medio del tumulto. Me encontré con un “conductor” en estado de ebriedad (1,9 grados según la alcoholemia realizada por la Policía de Tránsito minutos después). Vinicio Orozco Granados dijo llamarse, vecino de
Cot de Oreamuno de Cartago.
Este señor alcoholizado (por no llamarle borracho) estuvo a punto de acabar con la vida de un menor de edad quien caminaba por la acera, de destruir la vida de dos jóvenes de 21 y 19 años quienes iban saliendo tranquilos en el carrito nuevo y a punto de destruir la vida de una familia respetable y muy trabajadora.
Los daños materiales, gracias a Dios se pueden reparar, aunque cueste, se puede hacer, pero es indignante que todos los días irresponsables de esta índole, BORRACHOS anden manejando, atentando contra la vida de quien sea.
Orozco Granados decía no estar borracho y el olor a alcohol etílico se percibía a 3 metros de distancia. “Se salvó de no haber caído en un barrio
violento” decían algunos vecinos quienes estaban indignados por la situación, ganas de vapulearlo sobraban, pero la decencia ante todo. Orozco no podía sostenerse, ni hablar, culpaba a un amigo suyo de ir manejando y todos vimos quién se bajó del pick up como conductor.
En Costa Rica cada día es más preocupante que no exista una ley que cree TEMOR en cada una de aquellas personas que se sientan ante un volante y han ingerido alcohol.
Suspensión de licencia, pérdida del vehículo y una buena condena es lo que les hace falta para que tomen conciencia de sus actos y nada de pagar fianzas, no, paguen la consecuencia de un rato de ‘alegría’.
Hace 27 años mi abuelita materna murió en un accidente en el Cerro de la Muerte porque el chofer del autobús que viajaba de Pérez Zeledón a San José conducía bajo los efectos del alcohol. Estaba yo en el kínder cuando caminando muy cerca de mi casa de la mano de mi madre, ella me dijo “ése, ése que va ahí fue el chofer que mató a mamá”. El rostro de ese señor nunca lo borré de mi mente, nunca fue a la cárcel, no pagó por el delito que cometió. No solamente murió mi abuelita, falleció gran cantidad de pasajeros, según cuentan sus cuerpos quedaron mutilados y es una historia realmente dolorosa que mi madre sufrió cuando me tenía en su vientre, al igual que sufrieron mis tías y tíos y decenas de familias.
No es una historia nueva, es una historia que se repite día a día desde hace muchos años en nuestro país.
Me atreví a preguntarle al señor Orozco qué iba a hacer y me dijo “diay, será ir pagando a pagos”, aseguró no estar borracho, dijo que diéramos gracias a Dios que él no hizo nada, le dijo a mi hermana “si usted se muere se muere”, obviamente entendimos que con un borracho no se puede hablar, y que un borracho no puede manejar.
Una vez más tomemos conciencia de lo que hacemos, si toma no maneje, como dicen los anuncios de TV y señores gobernantes por favor MANO DURA con los borrachines que andan matando gente a diestra y siniestra en nuestras calles.
* Docente y periodista, carné 1680