PRISMA
¿PARA QUÉ MÁS LEYES?
Por Mario Ugalde C.
Subdirector
mugalde@diarioextra.com
Es cierto que las leyes son importantes para lograr la convivencia humana en sociedad. Todos debemos conocerlas para saber a que atenernos en caso de trasgredirlas, pero ¿para qué más leyes? si los tribunales de Justicia están llenos de juicios y tardan años resolviendo cada caso. Lo que hace falta no son nuevas leyes sino una fórmula apropiada para que realmente se de el principio de “justicia pronta y cumplida”, porque de lo contrario nos llenaremos de códigos jurídicos sin uso, ya que lo encargados de aplicar la ley no dan abasto.
Cuando suceden casos tan lamentables como el asesinato de policías, la violación de niños o cualquier otro hecho ilícito, se genera una efervescencia social y todo el mundo empieza a “pedir a gritos” más leyes para evitar la delincuencia, olvidando que el problema que tenemos en tiquicia no es la falta de legislación sino más bien la no aplicación de la que ya existe.
El exceso de leyes algunas veces repetidas- no es la solución a los problemas, eso sería como echarle agua a la leche. Aparentemente hay más leche, pero la verdad es que simplemente lo que existe es más líquido con menos nutrientes. Existe un afán equivocado de querer resolver todo con leyes y más leyes, olvidamos que hacer una ley requiere mucho tacto, pensamiento, visión, cuidado y sabiduría.
Se trata de aumentar coacción, restringir libertad, obligar a las personas y a las propias autoridades a actuar y responder, aumentar el aparato represivo y verificador, tener más vigilancia y aprender a discriminar entre la multitud de mandatos y necesidades.
Si las leyes son intervensionistas o penales, la cuestión es aún más delicada. De verdad se trata de un problema de elección. Es claro que no se puede convertir todo deseo en ley, mucho menos pretender que toda infracción sea delito debido a que el propio estado no tiene con qué responder ya que no hay policías, investigadores, cárceles ni mecanismos suficientes.
Nunca como ahora se ha presentado tan profunda crisis en Costa Rica. Los crueles hechos de sangre ocurridos recientemente, como el asesinato a mansalva de los policías Cristian Zamora y Johnny Hidalgo, nos deben llamar a la meditación. Pongamos las barbas en remojo para trabajar juntos por el rescate de Costa Rica, porque la cobija del Estado no alcanza para tanto problema.
Por eso, lo importante no es ponernos histéricos viendo enemigos por todas partes, ni tampoco poner nerviosos a nuestros hijos. Lo que queda es aplicar con toda rigurosidad las leyes que ya existen, para tener en las cárceles a los verdaderos criminales y echar del país a los extranjeros indeseables.