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• Sueñan con una vida mejor para sus hijos:

UNA MADRE CON 18 AÑOS DE VIVIR DEBAJO DE UN PUENTE

Betania Artavia
bartavia@diarioextra.com
Fotos Randall Sandoval

Doña Cecilia Arce vive con sus dos hijas y sus nietos en este ranchito bajo el puente de la autopista a Santa Ana. Ella sueña con una beca para que su hija menor pueda terminar el colegio.
Mientras en estos momentos muchos recorren la capital en busca de un regalo para festejar este Día de la Madre a la reina del hogar; no muy lejos, bajo un puente en la autopista a Santa Ana, varias madres sueñan con un futuro mejor para sus hijos, una de ellas tiene 18 años viviendo ahí y nos cuenta su historia.

La pobreza las ha llevado a vivir bajo esta estructura arriesgando la vida propia y la de sus retoños, pero con la esperanza firme en que esta situación no será para siempre, pues confían en que el milagro algún día llegará.

El último informe del Estado de la Nación indica que la feminización de la pobreza persiste como uno de los problemas estructurales que debe corregirse, así como las condiciones desfavorables para que las mujeres se integren a la vida laboral, y la violencia de género.

“Los problemas de las mujeres se profundiza aún más, si al país le va mal, a ellas les va peor”, indica el último informe del Estado de la Nación. Doña Cecilia Arce, es fiel reflejo de estas cifras, ya que ella, tras enviudar debió irse a vivir con una hija bajo el puente, ya que no podía continuar pagando el alquiler de la casa, y después las cosas empeoraron cuando se accidentó y ahora no puede trabajar.

“Mi hija Marta se vino a vivir aquí con el muchacho, porque la vida está muy dura y con el sueldito no les alcanzaba para pagar una casa, y ella no puede trabajar porque debe atender a la chiquita que tiene Síndrome de Down, entonces buscaron este lugar. Y cuando se murió mi esposo, ellos me ayudaron dándome un campito aquí con mi hija menor”, comentó.

Doña Cecilia sufrió un accidente y se dañó la rodilla, según narró le colocaron pines y tiene dificultades para movilizarse, por lo cual no puede salir a trabajar, apenas le ayuda a su hija en la casa y cuida a los nietos.

Ella sueña con poder ver a su hija en una casa de verdad, donde no corran tanto riesgo, ya que los pequeños salen del ranchito por entre las latas y van a dar directo a la pista, donde solo Dios los ha librado de un accidente. Además, están a expensas de cualquier delincuente, que burle la cadena del sencillo portoncito de madera que resguarda el ranchito.

“Una vez la chiquita, se salió y a la mamá apenas le dio tiempo de llegar a la pista cuando oímos el frenazo del bus, que el señor logró frenar, sino habría pasado una tragedia”, narró mientras abrazaba a su nietita, quien sufre de Síndrome de Down.

Además de la preocupación por su hija, doña Cecilia no duerme tranquila pensando especialmente en su nietecita Mónica, quien sufre Síndrome de Down y además tiene problemas en el corazón, hace pocos meses fue intervenida para colocarle una válvula.

“Nosotros deseamos darle lo mejor, poder tenerla en un lugar adecuado para ella y para todos, pero la vida está muy dura. Mi sueño es verlas algún día en una casita”, comentó al tiempo que encerraba la única gallinita que tiene.

En medio de la pobreza, tratan de tener el lugar limpio para los niños, es así como consiguieron tablas de repisas para usarlas de piso y las mantienen enceradas y brillantes, donde se reflejan las miradas alegres de los pequeños, mientras juegan, sin percatarse de la pobreza que los rodea, ya que el amor de su madre y abuela cubren cualquier carencia material.

Con cartones gruesos forraron las paredes de lata y algunas hendijas las cubrieron con plástico, para evitar que el agua se meta al rancho. Pero la pobreza no ha hecho mella en sus ilusiones para salir adelante, por eso la hija menor de doña Cecilia, se mantiene en el colegio y da su mejor esfuerzo. “Ella tiene unas notas de cienes, pero ha costado mucho que siga porque no hemos logrado conseguir una beca, por eso después que murió el papá no pudo ir durante dos años, pero ya volvió y tenemos la fe que a empujones le podamos dar lo necesario para que termine de estudiar”, comentó con los ojos enrojecidos de tristeza.

18 AÑOS BAJO EL PUENTE

Cruzando la autopista, también bajo el puente, vive desde hace 18 años doña Mayela Cascante, sus hijas y ahora también tres nietos, la más pequeña tiene apenas 22 días de nacida.

Johana duerme en un cuarto cerrado con latas de zinc y plástico, suspendido sobre la rivera del río, donde tiene la cama, la cuna de la bebé y la cocina, ya que aunque comparte el rancho bajo el puente con su madre y hermanos, mantiene un poco de independencia para ella y su bebé Llegó a vivir bajo el puente siendo apenas una niña, cuando su madre Mayela Cascante tuvo que buscar un lugar donde irse con sus cuatro hijos, y sin dinero. El destino la llevó a levantar su hogar bajo el puente.

Hoy la familia entera vive en medio de latas y cartones, teniendo por techo el puente de la autopista y por patio la orilla del río.

“Tuve problemas con mi mamá después que murió mi esposo, y no tenía para donde irme, entonces me vine para acá con los cuatro chiquillos, el mayor tenía 7 años en ese entonces. Fuimos sacando la tierra para hacer el rancho.

Las cosas han mejorado en su rachito, la sala es de piedra, la cocina está hecha en madera casi sobre el cauce del río, al igual que los cuartos. Cuando recibe algún dinero lo aprovecha en ir comprando electrodomésticos, con la esperanza que algún día, cuando tenga su casa, ya lleve las cosas que necesita.

Ella aprovecha la temporada de jocotes para vender en la pista con la ayuda de un amigo, y con esas ganancias se ha ido haciendo de las cosas para el hogar, porque sueña con llegar a tener aunque sea un lote propio.

“Si a mi me dieran un lotecito en cualquier lugar yo me voy y lo cierro con latas y ahí empiezo, lo que más deseo es dejar este lugar, ya hemos pasado mucho tiempo aquí, pero no puedo irme a alquilar, porque no tendría como pagar y no me puedo arriesgar a ir a rodar, lo que le pido a Dios es que me de un lotecito y yo hago la casa, así como hice este rancho”, comentó. Y es que doña Mayela clavó cada tabla y cada lata de lo que es su rancho, ya que llegó allí sola, y así ha ido luchando para sacar adelante a sus hijos.

Los 18 años bajo el puente le han dejado muchas experiencias, la mayoría tristes, pero no pierde la fe, que las cosas mejoren algún día.

“Aquí se lleva uno cada susto, una vez estábamos aquí sentados y de un camión se zafó una pala y casi nos cae encima. Otro día yo estaba con las más pequeñas y a un carro se le arrancó una llanta y cayó en el techo, el estruendo fue tal que salimos corriendo porque pensamos que todo se iba a ir al suelo”, recordó.

La cercanía con el río también le ha jugado malas pasadas, ya que su casa se convirtió en un cálido lugar para las serpientes, varias veces se ha encontrado estos reptiles entre la ropa. “Un día estaba Wendy durmiendo y tenía una serpiente arrollada en la mano, yo le grité: ‘no se mueva’, pero ella del susto tiró la mano y hasta que sonó el animal por allá”, comentó mientras recuerda que al principio cuando pasaba un carro por la pista se encogían de hombros, pero con el paso del tiempo se acostumbraron, aunque no pierde la fe de terminar sus días en una casa.

Así como ellas, un 20% de la población vive en condiciones de pobreza, y según el Informe del Estado de la Nación en el Gran Área Metropolitana los precarios se duplicaron en los últimos veinte años.


 
 
 




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