¿UN PAPA CENTROAMERICANO?
• Al hondureño Rodríguez Maradiaga, se opone la feroz mafia vaticana que quiere a Tettamanzi, también los pro-africanos que quieren al nigeriano Siri, entre otros pulsos de poder que agitan El Vaticano.
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El cardenal hondureño Rodríguez Maradiaga es nombrado desde hace unos tres años como el «papabile» que representaría a los católicos de América. Habla 5 idiomas, es pianista, compositor, diplomado en Sicología Clínica y Sicoterapia. Ha sido profesor de Física, de Química, Matemáticas y Ciencias naturales (SEP).
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ROMA, ITALIA (SEP). Por primera vez en la historia de la Iglesia hay la posibilidad de que un latinoamericano sea Papa. Pero al cardenal hondureño Rodríguez Maradiaga, joven y progresista, se opone la feroz mafia vaticana que quiere a Tettamanzi y los pro-africanos que quieren al nigeriano Siri. De donde viene la posibilidad de que se cuele Barbarin, un hábil político de matiz progre aunque apoyado por el Opus Dei. Solo que una regla antigua dice que «Quien entra al Cónclave como Papa, sale como cardenal».
LOS SIGNOS QUE ANUNCIA UN NUEVO PAPA
Una vieja leyenda romana dice que cuando se acerca la muerte del pontífice hay signos que permiten anticiparlo. Los romanos se acercaban a la basílica de San Juan de Letrán, donde descansan los restos del primer Papa francés, Silvestre II. Según una tradición, la tumba exuda una humedad intensa cuando la muerte del Papa está cercana. Hoy, la tumba de GerbertD’Aurillac (Silvestre II), ha vuelto a sudar.
En los tiempos de Silvestre II, en el mundo medieval, los días en que la sede quedaba vacante eran percibidos como un «momento de terror». Un milenio después de la Iglesia vuelve a contener la respiración ante los temblores del Papa Juan Pablo II. En ningún poder del mundo ocurre lo que veremos en el Vaticano. Lo dijo el teólogo David Telleman en Las sandalias del pescador: «Qué extraño, cuando muere un presidente buscan a otro en una hora; cuando muere un rey gritan ¡viva el rey!; cuando muere el Papa todo se detiene». Toda la administración que rodea al Pontífice queda decapitada de forma fulminante.
Solo hay tres excepciones: el camarlengo, el vicario de Roma y el penitenciario mayor. Junto con el decano del colegio cardenalicio (Joseph Ratzinger), cumplirán los papeles fundamentales de la transición. La primera de las figuras clave del interregno es el cardenal riojano Martínez Somalo, camarlengo de la Santa Sede y, por tanto, encargado de la administración vaticana hasta que el cónclave elija al sucesor. Su primera tarea es la de certificar la muerte del Papa a través de un viejo rito: golpear tres veces en la frente del Pontífice con un martillo de plata mientras llama al difunto por su nombre de pila.
En las horas posteriores, todos los cardenales del Colegio recibirán un telegrama: «El Papa ha muerto», ven cuanto antes». Roma se llena de purpurados. Asistirán a los funerales ante el triple féretro: un primer ataúd de cedro, un segundo de plomo para evitar la humedad, y un tercero de madera de pino, sencillo y humilde. Y sobre el pino unos evangelios. Cada día, hasta la clausura del cónclave, se reunirán en la Congregación general, en la que participaron todos los miembros del colegio cardenalicio. La asamblea -presidida por el decano, cardenal Ratzinger-, establecerá las bases para el voto del cónclave.
NO HAY CANDIDATO OFICIAL, NO HAY CAMPAÑA, NO HAY PROGRAMAS, SOLO UN CLIMA DE SIGILO, PRUDENCIA Y FRASES CON DOBLE SENTIDO
Comienza el tiempo de la gran política. No hay candidatos oficiales, no hay campaña, no hay programas. Los días discurren en un clima de sigilo, de prudencia, de frases con doble sentido, sutilezas, conversaciones en las que apenas se pronuncian nombres. Como dijo el cardenal König, la opinión de los cardenales se consolida sobre todo en los encuentros previos al cónclave, «mientras se toman unos vasos de vino y algunos se fuman unos cigarrillos».
El célebre cardenal Siri, hombre del ala conservadora , candidato en los dos cónclaves de 1978, cuenta en su biografía que durante los días de las congregaciones generales antes del cónclave que eligió a Juan Pablo I recibió la visita de los capuchinos de Frascati. Se pusieron de acuerdo para elegir a Montini (Pablo VI) como el único capaz de garantizar la continuidad del Concilio Vaticano II según el espíritu de Juan XXIII.
Los encuentros tienen lugar muchas veces en restaurantes, por ejemplo en L’Eau Vive, un local asiático francés regentado por monjas belgas. Cuentan que una noche el cardenal König se llevó a cenar a su amigo Wojtyla a L’Eau Vive, y en el camino, a bordo de un taxi de esos que en Roma parecen cohetes sobre una montaña rusa a punto de estrellarse contra los adoquines, König le dijo al conductor: «Tenga cuidado que lleva a bordo al próximo Papa».
EN TORNO AL COLOSO ENFERMO
En el caso de Juan Pablo II, desde hace más de una década circulan nombres para sustituir a este coloso enfermo. La mayor parte de los que escuchamos en Roma cuando llegamos en el año 93 han muerto o están demasiado tocados por el tiempo.
Ese ha sido el destino de Martín, retirado por la edad y el Parkinson, o de Ratzinger, figura clave a quien la diabetes ha dejado fuera de la carrera. Los dos han quedado relegados al grupo de los «grandes electores», cardenales capaces de sacar adelante a un candidato de consenso.
El cónclave es un acto de oración, pero sobre todo un acto supremo de política: la elección democrática de un monarca universal. Y como escribió Shaquespeare, «donde hay poder hay conspiración». La hubo en el último cónclave, en septiembre de 1978, con la filtración de una entrevista con el cardenal Siri. La había concedido con la promesa de que se publicara después del cónclave. En ella Siri renegaba del Concilio Vaticano II. Aquellas posiciones le quitó los votos moderados, y su candidatura se esfumó.
Ahora, alguien ha hecho circular la historia de que el cardenal Maradiaga habría asistido a una cena ofrecida por sus compañeros salesianos. Dicen que al llegar le cantaron el Tu est Petrus (Tú eres Pedro) sin que él mandara callar. ¿Soberbia? En el Vaticano la humildad otorga votos. Si ha sido una maniobra para segarle la hierba bajo los pies, indica que es una posibilidad fuerte. Pero «quien entra en el cónclave como Papa, sale como cardenal». Por eso los purpurados con más posibilidades guardan silencio; los únicos activos son los que no tienen aspiraciones.
DESPUÉS DE JUAN PABLO II LA PERSONALIDAD SERÁ LA BASE
El cardenal Silvestrini, desde la altura de sus 81 años, que le dejan fuera de la votación dice: «Después de Wojtyla todo es posible. Creo que la persona contará cada vez más. Wojtyla fue elegido por su personalidad. Los que le conocían y le habían visto trabajar reconocían en él el fervor y la doctrina de un padre». En sus palabras se puede intuir la posibilidad de un Papa africano o de la potente Iglesia hispanoamericana, que agrupa a la mitad de los fieles católicos y que ha ganado un gran peso en la composición del cónclave.
Cuando se piensa en un Papa africano, el candidato es Arinze. Nació en 1932 en la tribu nigeriana de los Ibo. Uno de sus colaboradores dice que lo mejor de Arinze es que «sabe decir las cosas más duras con una sonrisa en la boca». Pero también hay quien piensa que tiene poco peso intelectual.
Cuando se habla de América uno de los nombres más repetidos es el del hondureño Oscar Andrés Rodríguez Maradiaga. Nació en 1942. Salesiano. Habla cinco idiomas, es pianista, compositor, diplomado en Psicología clínica y psicoterapia. Ha sido profesor de Física, de Química, Matemáticas y Ciencias Naturales. Infatigable luchador contra la deuda externa. Si fuese elegido Papa, su programa estaría centrado en el conflicto entre el mundo desarrollado y los excluidos. Trabaja con la gente, convencido de que el gran problema es el que señaló Pablo VI: la conciliación de la vida con la fe, la ruptura entre la Iglesia y la cultura moderna.
LA REACCIÓN ITALIANA
La Curia y los cardenales italianos van a pelear por devolver el Papado a la tradición. Desde el siglo XVI, nadie que no fuera italiano había ocupado la silla de Pedro hasta Juan Pablo II. Su candidato es Dionigi Tettamanzi. (Milán, 1934). Su perfil recuerda a Juan XXIII, y sus posiciones moderadas se equilibran con elogios al Opus Dei, o con las simpatías con el movimiento antiglobalización. Sería capaz de garantizar una continuidad pero con reformas internas.
Pero si hacemos caso del cardenal Siilvestrini, las viejas reglas han saltado por los aires. Europa aporta cardenales de la talla de Schönborn, arzobispo de Viena, o de Danneels, en Bélgica, hombres de una altura intelectual y de un compromiso moral ejemplares, capaces de llevar sobre sus hombros el peso de la inmensa tarea desarrollada por Wojtyla. Y una tercera cualidad que subrayan todos los cardenales: un hombre que haya crecido entre la gente, entre sus problemas, alguien que conozca el tercer mundo, la iglesia de la pobreza, capaz de responder a los desafíos morales del occidente opulento, y a las cuestiones radicales de los que no han sido convidados a esta cena.
Cuando se dibuja este perfil aparece el rostro de un hombre discreto, señalado algunas veces por el Papa en esos gestos que no pasan desapercibidos a los vaticanistas, y con una biografía sorprendente: el cardenal de Lyon, Philippe Barbarin. Nació en Rabat el 17 de octubre de 1950. Se formó en la Universidad de la Sorbona. Ha estudiado filosofía y teología. Es arzobispo de Lyon y preside el Comité Episcopal para la Salud. Domina la comunicación en la era de internet y la aldea global, tiene un corazón fuerte forjado en su afición por la maratón. Ha potenciado el acercamiento entre católicos y judíos. Es el segundo cardenal más joven del cónclave. Su perfil intelectual recuerda a Pablo VI, pero a la vez ha pasado cinco años dedicado a la enseñanza en Madagascar. Sus intervenciones contra la guerra de Irak han sido contundentes. Tiene carisma y un diálogo fluido con los jóvenes y encaja en el programa cuando los cardenales, antes de votar, se pregunten: ¿qué tipo de Papa, y para que tipo de iglesia, y en qué mundo?
UN «TAJO» NEUTRAL
Hay reglas que se mantendrán en la elección: la que aconseja no elegir a un Papa ciudadano de una gran potencia, para preservar la neutralidad de la diplomacia vaticana, o la que evita a los miembros de una de las grandes órdenes eclesiásticas, lo que deja fuera a la Compañía de Jesús y al Opus Dei.
Veremos varias votaciones hasta alcanzar los dos tercios de la fumata bianca. Los cardenales estrenarán residencia: la casa de Santa Marta. Ya no dormirán en improvisadas habitaciones junto a la capilla, ya no asistirán a las «conspiraciones de las pantuflas», a medianoche mientras hacían cola a la puerta del baño. La carrera comenzó hace mucho tiempo. La política tiene sus ritmos. Como dice Ratzinger, no es del todo cierto que sea la paloma del Espíritu Santo la que dicta el nombre, su intervención se limita a evitar que el cónclave termine en un desastre.
Será también el cónclave con más peso de la opinión pública de la iglesia, y el más televisivo. Se cumplirá así el sueño de Pablo VI que siempre quiso que la elección fuera un acto que implique a todo el pueblo de Dios.

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